¿Mujeres sin hacer?

Septiembre. Comienza una nueva etapa de un año que ha estado cargado de sorpresas, trabajo, nuevos proyectos fotográficos que estoy disfrutando porque me han permitido algo que me encanta: iluminar rincones escondidos u olvidados de las cosas. Para eso hago fotografía. Porque los puentes famosos, las manos en forma de corazón rodeando al sol, las croquetas al plato y las cañas de las fiestas del pueblo y los pies descalzos a la orilla del mar, todo eso ya podemos fotografiarlo todos. El palo de selfie nos ayuda a  explorar nuestra mejor sonrisa y el turismo, a Dios gracias, es cada vez más asequible.

El mundo está corriendo. Pero a mí tanta velocidad me produce vértigo, y la sensación angustiosa de que nos estamos perdiendo cosas, las mejores además. Me gusta sentarme junto a un río, sola, a escuchar la vida escurrirse fría entre las piedras y dejar al viento -ese zumbón encantador de serpientes- soplarme sueños y recuerdos. Detenerme y que todo, grandes y pequeñas cosas pasen por mi lado y sigan, llevándose su ruido. Lo mismo siento cuando escribo y cuando hago fotografía. Y me gusta pensar que somos todos como vagones en un mismo tren, que si un vagón se detiene, si echa el freno, el tren entero acabará por ralentizarse. Y así veremos mariposas donde la velocidad de la vida nos hizo ver trozos de ceniza volando.

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Entonces, Mujeres sin hacer, las de Miami que no pude fotografiar hasta ahora porque lo urgente relegó lo importante, las de Barcelona, las de Madrid: ¿retomamos el proyecto?

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